
El túnel es largo, corto, inabarcable, gélido, recto, sinuoso, oscuro, bien iuminado, húmedo, lóbrego, terrible; amplio, angosto, ignoto, breve, denso, interminable, frío, sofocante. El túnel es todo esto y mucho más, de lo cual se deduce que no hay dos túneles iguales. El túnel, como metáfora, tiene una potencia evocadora prácticamente inextinguible. Muchos autores se han apoyado en él para distintos fines; entre ellos está uno de mis favoritos, Ernesto Sábato, maestro irrepetible de una visión pesimista de la vida. Pero no, no quiero hablar de literatura, sino de símbolos.
El túnel es mucho más que un recurso poético. El túnel representa la conceptualización del antes y el después. Transmite la idea del cambio y de paso también, la de la incertidumbre del después. He dicho que no hay dos túneles iguales, pero todos comparten, al menos dos cosas: tienen entrada y salida. Aunque cuando entramos muchas veces no la vemos, la salida existe. Si nos adentramos en el túnel un día luminoso, de tibia primavera, ¿quién nos garantiza que a la salida no es una gélida borrasca lo que nos está esperando? El tunel, como pocas construcciones humanas, representa al cambio y al miedo al cambio.
Ettore Hag, desde el túnel.
